
Cuenta la leyenda o la novela de Bram Stocker, que los vampiros se originaron en la historia del personaje real de Vlad Draculea "Vlad el Hijo del Demonio/Dragon" también llamado Vlad Tepes "el empalador”.
Este intrigante personaje, en teoría ficticio, el muerto vivo, nosferatu, ha atormentado mentes y jovencitas de cuentos y de las calles.
Ha perseguido vírgenes en laberintos de arbustos convertido en lobo, ha deambulado por el mundo y por la historia en cajas con tierra de su amado Cárpatos.
Seguramente todo el mundo duda de su existencia, lo vanalizan en películas de bajo presupuesto como un pervertido que es capaz de vender hasta la peluca por un sorbo de sangre de una muchachita desprotegida. Otros filmes, más vanguarditas, son capaces de figurarlo como un adicto totalmente entregado al vicio de la 0 negativo.
Era capaz de crear secuaces, seguidores adeptos, a quienes convidaba un poco de muerte. Generó según muchos mitos, ejércitos de muertos vivos que seguramente, aún deambulan por el mundo de los sueños y de las pesadillas.
Todo esto sin embargo llega en forma de relato, como si todo fuera una mentira de siglos, solamente alimentada a base de reediciones o de filmes hollywodenses de preciosos jovencitos luchando contra su ser vampiro.
Sin embargo, una noche de mala pata y cabezas partidas, conoci una auténtica vampireza. Con ojos de profundo fuego azul, ante los cuales cualquier mortal se perdería por instantes eternos. Con largos pelos negros, alborotados como la peor o la mejor de las noches. En el mismo momento que la descubrí, comenzó a succionarme mis miles o mis dos penas. Y sepultó, con su estridente y diabólica risa, en atúdes de pequeños pies, todo lo bueno que había en mí.
Y eso no está mal, porque sinceramente, era lo que andaba necesitando. Una trafusión de sangre, un cambio absoluto de venas.
Así, deambulamos miles de lunas, escapamos de otros tantos amaneceres, con la única compañía de la triste voz del extranjero Enrique.
Y aquí estamos ahora con mi vampireza, amigos de la noche, enemigos de Morfeo, bebiéndonos mutuamente las miserias, riéndonos del pasado y del futuro, acompañados de un fresco elixir, muy diferente a la pesada sangre de los vampiros de antaño y que hace tiempo nos corre por dentro, que hace siglos nos invadió y nos hace hervir las entrañas.
Este intrigante personaje, en teoría ficticio, el muerto vivo, nosferatu, ha atormentado mentes y jovencitas de cuentos y de las calles.
Ha perseguido vírgenes en laberintos de arbustos convertido en lobo, ha deambulado por el mundo y por la historia en cajas con tierra de su amado Cárpatos.
Seguramente todo el mundo duda de su existencia, lo vanalizan en películas de bajo presupuesto como un pervertido que es capaz de vender hasta la peluca por un sorbo de sangre de una muchachita desprotegida. Otros filmes, más vanguarditas, son capaces de figurarlo como un adicto totalmente entregado al vicio de la 0 negativo.
Era capaz de crear secuaces, seguidores adeptos, a quienes convidaba un poco de muerte. Generó según muchos mitos, ejércitos de muertos vivos que seguramente, aún deambulan por el mundo de los sueños y de las pesadillas.
Todo esto sin embargo llega en forma de relato, como si todo fuera una mentira de siglos, solamente alimentada a base de reediciones o de filmes hollywodenses de preciosos jovencitos luchando contra su ser vampiro.
Sin embargo, una noche de mala pata y cabezas partidas, conoci una auténtica vampireza. Con ojos de profundo fuego azul, ante los cuales cualquier mortal se perdería por instantes eternos. Con largos pelos negros, alborotados como la peor o la mejor de las noches. En el mismo momento que la descubrí, comenzó a succionarme mis miles o mis dos penas. Y sepultó, con su estridente y diabólica risa, en atúdes de pequeños pies, todo lo bueno que había en mí.
Y eso no está mal, porque sinceramente, era lo que andaba necesitando. Una trafusión de sangre, un cambio absoluto de venas.
Así, deambulamos miles de lunas, escapamos de otros tantos amaneceres, con la única compañía de la triste voz del extranjero Enrique.
Y aquí estamos ahora con mi vampireza, amigos de la noche, enemigos de Morfeo, bebiéndonos mutuamente las miserias, riéndonos del pasado y del futuro, acompañados de un fresco elixir, muy diferente a la pesada sangre de los vampiros de antaño y que hace tiempo nos corre por dentro, que hace siglos nos invadió y nos hace hervir las entrañas.









