
El domingo me encontró otra vez en la misma historia. Esto de que a partir de las cinco de la tarde entro en un espiral hacia abajo ya se hace costumbre, como es prender un pucho con el disco de Cerati y sus once sinfonías como guillotinas cortándome el mate.
Y entonces me cuelgo. Bajo el cerebro a los pies y hago jueguito con las ideas a ver si se acomodan un poco. El tema es que no llego ni a veinticinco y se me cae enseguida.
Y vuelvo a la genial idea de recordarte. De pensarte completa. De darme cuenta que te extraño demasiado, más de lo que lo que quisiera.
Y entro en razones inentendibles hasta para el cráneo más mentado y preparo planes imposibles para llegar a ningún lado.
Y busco miles de opciones que deriven en un encuentro, una llamada, un mensaje de texto que me muestre que estás cerca, en algún rincón. Que me de la pauta de que no solo paseas por mi mente.
Y trazo en papeles de cigarrillos amarillos y gastados un sinnúmero de mapas con las rutas más intrincadas hacia vos. Pero nada.
Las posibilidades de que te vuelva a ver son las mismas que tiene una llama de aprender las variantes del Huracán de Angel Cappa. (Como verán en una sola frase plasme mi gusto por el futbol y los recuerdos de mi viaje, cosa que en cada línea se irá repitiendo, dada mi poca monta en los asuntos de la escritura).
Y el puto día sigue cargándome, burlándose de mí en mi propio rostro. Y siempre lo insulto por ser tan cobarde y mostrarme minuto a minuto lo solo que estoy.
Es fácil hacerse el picante con todo el almanaque a favor, sobretodo sabiendo que pase lo que pase, siempre volverá a ser domingo a partir de las cinco de la tarde y vos no estas.
Y entonces me cuelgo. Bajo el cerebro a los pies y hago jueguito con las ideas a ver si se acomodan un poco. El tema es que no llego ni a veinticinco y se me cae enseguida.
Y vuelvo a la genial idea de recordarte. De pensarte completa. De darme cuenta que te extraño demasiado, más de lo que lo que quisiera.
Y entro en razones inentendibles hasta para el cráneo más mentado y preparo planes imposibles para llegar a ningún lado.
Y busco miles de opciones que deriven en un encuentro, una llamada, un mensaje de texto que me muestre que estás cerca, en algún rincón. Que me de la pauta de que no solo paseas por mi mente.
Y trazo en papeles de cigarrillos amarillos y gastados un sinnúmero de mapas con las rutas más intrincadas hacia vos. Pero nada.
Las posibilidades de que te vuelva a ver son las mismas que tiene una llama de aprender las variantes del Huracán de Angel Cappa. (Como verán en una sola frase plasme mi gusto por el futbol y los recuerdos de mi viaje, cosa que en cada línea se irá repitiendo, dada mi poca monta en los asuntos de la escritura).
Y el puto día sigue cargándome, burlándose de mí en mi propio rostro. Y siempre lo insulto por ser tan cobarde y mostrarme minuto a minuto lo solo que estoy.
Es fácil hacerse el picante con todo el almanaque a favor, sobretodo sabiendo que pase lo que pase, siempre volverá a ser domingo a partir de las cinco de la tarde y vos no estas.
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