miércoles, 7 de octubre de 2009

A LOS OJOS


La lluvia los mojó por completo. El vapor subía por sus espaldas. La última corrida los dejó exhaustos, pero no fue impedimento para seguir.
Con el ultimo aliento de un cigarrillo negro el dijo “regalame tu sonrisa que la lluvia es brisa y el frío pasión” y ella ya no pudo mirarlo más a los ojos.
Dejó su estela de tabaco y perfume barato flotando entre las finas gotas que nacían después de golpear en las hojas que aún quedaban en el árbol de la esquina.
Y así como resonaron sus susurros en la mente, la imagen ausente del hombre que dijo esas palabras quedó impregnada en ella.
Entonces, salió a buscarlo por mil barrios grises, todos iguales, nacidos de un cuento circular.
Visitó todos los bares y fondas humeantes y espesas, perdidas en cada ochava de esos parajes llenos de don nadies y altaneros.
Recorrió uno por uno los sitios más exóticos y lejanos de este y del otro mundo, de arriba, de abajo y de adentro también.
Iba con los ojos bien cerrados, haciendo un esfuerzo para mantenerlos así, arrugando el ceño, sabiendo que solo con el aroma dejado en esa esquina lo reconocería al instante.
Pero no. Chocó con todos esos don nadies, que la abrazaban, le decían mil mentiras, le recitaban los peores versos jamás escritos y pretendían sacarle a esa boca los besos que no les pertenecían. Después, ante el fracaso, se burlaban de ella por su insistencia en la búsqueda.
Los otros personajes, se hacían los desentendidos, sin aportar ningún dato. Mirándola indiferentes, dejándola ir sin percatarse de la belleza que tenían enfrente.
Para peor de las cosas, muchas veces le pasó reconocer el aroma, para luego entrar en razón que hay muchos que pitan negro y ese perfume era de lo más común.
Y así estuvo, casi dos décadas, yirando, dando vueltas por la infinidad de los horizontes, rebotando en los límites de la locura.
Un buen día, cansada de tanto rodar, con frío por tantos cuervos caídos del cielo, recordó esos ojos que no pudo seguir mirando y encontró la pista que le faltaba para hallarlo. De solo imaginarlos comenzó a sentir el olor a cigarrillo negro y perfume barato.
Decidió entonces abrir sus párpados y ahí estaban. Profundos, marrones, verdes, que extraña fusión de colores, negros. Ahí estaban frente a ella y le dijeron “regalame tu sonrisa que la lluvia es brisa y el frío pasión”. Sonrió y nunca más dejó de mirarlos.

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