sábado, 28 de noviembre de 2009

NO PUEDE LLOVER TODO EL TIEMPO


Si en algo estuvimos de acuerdo desde el principio, es en la certeza de que no hay clima mejor que un día de lluvia. No compartimos ni el calor ni el frío, ni el sol, ni las nubes, ni la humedad, ni siquiera unos mates bajo un techo de chapa en una jornada lluviosa. Pero en algo somos compatibles y es en el gusto por la monótona revolución que significa la caída del agua.
Y vos sabés (te hablo así porque sos mi única destinataria) que no hay mejor metáfora que describa que nos pasa, que un día de tormenta. Sobretodo de las que se dan por estos tiempos de cambios climáticos, de cambios de ánimo, de cambios.
De movida nomás, ningún pronóstico hubiera acertado. El más encumbrado de los profetas climáticos nunca habría estado cerca de intuir lo que iba a suceder. Ni siquiera nosotros hubiéramos previsto semejante vendaval.
Esto comenzó como esas lluvias de verano, que después de una mañana agobiante desatan una serie de vientos que todo lo empujan, con pequeños huracanes que arrastran hojas, bolsas, corduras; tiñen enseguida el cielo del mejor de los plomos y preparan el ambiente aromatizándolo con fragancias de tierras húmedas.
Y cuando menos lo esperás, vuelcan sobre todos nosotros el abrazo de las gotas. Y a pesar de la oscuridad todo cobra vida.
Sin embargo así como empezó de prepo, termina sin que nadie avise. Alguien cierra el grifo y el instante de felicidad se evapora y sube desde el calor del asfalto sediento. Quizá con alguna tragedia, algún par de zapatos mojado, alguna ropa que quedó sin recoger, o un fuentón juntando una infame gotera.
Y es que sabés que no puede llover todo el tiempo, es lógico que algún día todo se detenga.
Pero como te dije un día, por vos le instalaría al mundo una ducha gigante para que el día que nosotros dispongamos, se desate de nuevo la furia de la lluvia, y el agua se lleve de a baldazos todo lo que no nos deja ser.

domingo, 1 de noviembre de 2009

EL PUCHO


Confieso que la idea no es para nada original. Es más, si es necesario, puedo citar de donde se me ocurrió esto de relatar mis experiencias con el amado y odiado cigarrillo. Pero quizá no sea de interés. Sólo puedo asegurar que este texto no es apto para no fumadores.
Mi primer experiencia sexual con un pucho fue a la temprana edad de 14 años, seguramente, los años en los que cualquiera se encuentra llevándose a la boca, entre otras cosas, ese delgado elemento (espero no se me malinterprete).
Digo sexual, porque no hay nada más erótico que una persona fumando, bien. No como esas ancianas de uñas largas y amarillas, de jetas pintadas rojo furia, que son capaces de pitar un Benson 100´s o un Jockey 120, sin tirar en todo el trayecto la totalidad de las cenizas.
Además, porque no puedo dejar de asociar las mil ideas que me genera, ver a una señorita disfrutando un cilindro nicotínico pitaminoso, dejando escapar el humo suavemente de sus labios, jugando con ese dios blanco con los dedos, golpeándolo con firmeza en algún cenicero.
En estos casi 16 años de relación con el pucho he pasado por todas las etapas imaginables o tal vez no; ahora, no estoy seguro, que muchos hayan tomado el coraje o hayan tenido el tiempo libre como para volcarlo en un papel.
Primer pitada y el seguido paso a la clandestinidad. Este es un momento crucial en la vida del fumador promedio. Una vez concretado el primer contacto con este amigo relleno de tabaco, son dos los caminos a seguir. Confesar el crimen cometido a los padres y abandonarlo, o seguir por la senda del ocultamiento, emprendiendo así, la adrenalínica tarea de permanecer como fumador en el anonimato.
Primeras confesiones y complicidad. Siempre la confesión ante un pariente cercano de la caída en uno de los vicios más antiguos de la humanidad implica, seguramente, haber sido pescado in fraganti. Esto da paso a un reconocimiento y quizá, un mea culpa, pero cierto alivio al saber que alguien más comparte nuestro secreto, más allá de los compañeros de fumata.
La madurez. Ya los atados se han ido acumulando, las pitadas a hurtadillas en los baños ya no son lo que eran y el bando impregnado en la ropa, el pelo, los ojos, es indisimulable, sobretodo después de una noche de parranda. Por tanto uno se asume amante del humo y sobreviene una etapa donde el número de puchos se incrementa de manera directamente proporcional a las horas sin dormir. Y confesamos una y otra vez que no hay vicio, que los cartones que pasan son nada más que porque nos gusta y que podemos dejarlo cuando sea.
Procuro olvidarte. Y si, como todo aquello que nos hace tan mal como bien, intentamos dejarlo y siempre vuelve. Nos recomiendan los médicos, los amigos, los chamanes, los amores, los compañeros del futbol, las leyes, todos nos dicen que hay que dejarlo. Y hacemos vanos ensayos en abandonarlo, pero el pucho nos mira desde las cigarreras pidiendo por favor una ronda más.
Y en este momento me encuentro, amagando con dejarte pucho querido. Faso compañero. Pero soy conciente que te aferraste a mi con tus nicotímicas manos, me arañas con tu aroma todos los días. En la calle, en el bar. Y amago con abandonarte y es solo eso, una gambeta, corta.
Basta, no hay con que darle, me voy a prender un pucho.