
Si en algo estuvimos de acuerdo desde el principio, es en la certeza de que no hay clima mejor que un día de lluvia. No compartimos ni el calor ni el frío, ni el sol, ni las nubes, ni la humedad, ni siquiera unos mates bajo un techo de chapa en una jornada lluviosa. Pero en algo somos compatibles y es en el gusto por la monótona revolución que significa la caída del agua.
Y vos sabés (te hablo así porque sos mi única destinataria) que no hay mejor metáfora que describa que nos pasa, que un día de tormenta. Sobretodo de las que se dan por estos tiempos de cambios climáticos, de cambios de ánimo, de cambios.
De movida nomás, ningún pronóstico hubiera acertado. El más encumbrado de los profetas climáticos nunca habría estado cerca de intuir lo que iba a suceder. Ni siquiera nosotros hubiéramos previsto semejante vendaval.
Esto comenzó como esas lluvias de verano, que después de una mañana agobiante desatan una serie de vientos que todo lo empujan, con pequeños huracanes que arrastran hojas, bolsas, corduras; tiñen enseguida el cielo del mejor de los plomos y preparan el ambiente aromatizándolo con fragancias de tierras húmedas.
Y cuando menos lo esperás, vuelcan sobre todos nosotros el abrazo de las gotas. Y a pesar de la oscuridad todo cobra vida.
Sin embargo así como empezó de prepo, termina sin que nadie avise. Alguien cierra el grifo y el instante de felicidad se evapora y sube desde el calor del asfalto sediento. Quizá con alguna tragedia, algún par de zapatos mojado, alguna ropa que quedó sin recoger, o un fuentón juntando una infame gotera.
Y es que sabés que no puede llover todo el tiempo, es lógico que algún día todo se detenga.
Pero como te dije un día, por vos le instalaría al mundo una ducha gigante para que el día que nosotros dispongamos, se desate de nuevo la furia de la lluvia, y el agua se lleve de a baldazos todo lo que no nos deja ser.
Y vos sabés (te hablo así porque sos mi única destinataria) que no hay mejor metáfora que describa que nos pasa, que un día de tormenta. Sobretodo de las que se dan por estos tiempos de cambios climáticos, de cambios de ánimo, de cambios.
De movida nomás, ningún pronóstico hubiera acertado. El más encumbrado de los profetas climáticos nunca habría estado cerca de intuir lo que iba a suceder. Ni siquiera nosotros hubiéramos previsto semejante vendaval.
Esto comenzó como esas lluvias de verano, que después de una mañana agobiante desatan una serie de vientos que todo lo empujan, con pequeños huracanes que arrastran hojas, bolsas, corduras; tiñen enseguida el cielo del mejor de los plomos y preparan el ambiente aromatizándolo con fragancias de tierras húmedas.
Y cuando menos lo esperás, vuelcan sobre todos nosotros el abrazo de las gotas. Y a pesar de la oscuridad todo cobra vida.
Sin embargo así como empezó de prepo, termina sin que nadie avise. Alguien cierra el grifo y el instante de felicidad se evapora y sube desde el calor del asfalto sediento. Quizá con alguna tragedia, algún par de zapatos mojado, alguna ropa que quedó sin recoger, o un fuentón juntando una infame gotera.
Y es que sabés que no puede llover todo el tiempo, es lógico que algún día todo se detenga.
Pero como te dije un día, por vos le instalaría al mundo una ducha gigante para que el día que nosotros dispongamos, se desate de nuevo la furia de la lluvia, y el agua se lleve de a baldazos todo lo que no nos deja ser.
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