
Un día nos reencontramos con la Lora. Viejo pirata de noches de mil batallas, hacía tanto que no lo veía que me pareció más gordo, más negro y más lindo que la última vez. Habían pasado muchos años y fue impresionante como, a pesar del tiempo perdido o ganado, fue como si alguien editara la vida, cortando lo que no nos vimos y pegando nuestra ultima vez con este: “Que hacés putón, tanto tiempo!!”.
Nos encontramos en la esquina, antes de entrar. Nos dimos un fuerte abrazo, sin poder creer la coincidencia de vernos ahí, los dos, sin habernos citado previamente, sin saber que ambos estábamos de regreso. La Lora de nuevo en la ciudad, yo, de vuelta en los bares de antaño.
El saludo fue eterno, pero nos tuvimos que despegar para pasar por la puerta del tugurio donde nos reuníamos los secuaces de siempre. Claro, abrazados no íbamos a pasar. Mis años de casado, sus años de buena vida, habían hecho mella en nuestra esbelta figura, y ambos lucíamos una prominente pero no menos sexy “zapan porronera”.
Y así, mirándonos cómplices, atravesamos la doble puerta de madera, oscurecida por los años y las manos de los trabajadores, con las calcos de gaseosas amarillas y con la pintura blanca y roja fileteada que anunciaba en que recinto de perdición entrabas, casi desfigurada. Apenas podía leerse “Bar de Antaño”.
Adentro nos recibe el mismo monito silbador de siempre, lo único que falta en la atmósfera plena de olor a vino seco en vaso de acero y a fiambrera, es el humo de los millones de cigarrillos que aferrado hasta de las carameleras parecía que nunca se iba a ir. Pero se ve que el Tano ha tenido que dejar el vicio, y todos los viejos parroquianos respetan a rajatabla la mirada inquisidora de Olga, que en cuanto ve que amagan a prender un pucho, los echa con esos ojos azules a la vereda con los perros.
Nuestra mesa estaba en el mismo lugar de siempre, esperando, bien en el fondo, pegadita a la heladera de cuatro puertas onda carnicería, donde vaya uno a saber cuantas botellas durmieron frescas.
Nos ubicamos en los lugares de siempre, la pequeña mesa del truco con el verde paño desgastado y bastante desteñido, pero que nos daba la pauta de que estábamos en el sitio indicado y a la hora señalada.
Y ahí mismo las historias empezaron a volar. Remontamos nuestros recurdos a la última época, antes de la no despedida, cuando trabajamos juntos en esa pequeña oficina, donde solo duramos unos meses y ambos renunciamos. Y vos buscando nuevos horizontes agarraste la marcha hacia el sur.
Después llovieron más gotas de memoria. Los metegoles interminables que no se suspendían ni por lluvia en lo de Beatriz, las noches de huelga de princesas en el boliche, la tardecita que después de un partido de futbol, la Cande pasó por la vereda de casa y yo, nuevo en la cuadra, la encaré de entrada y no la dejé ir más hasta hace siete meses. Cuando Ricuti metió tal bombazo que la pelota paso el tapial del campito y tumbó no se cuantas macetas en lo Sánchez, o cuando cagamos a piedrazos todos juntos la casa de Alegre por considerarlo cómplice de los genocidas.
Pasaron los goles de Echaniz, de Madelón, del Loco González y del Pitufo Agoglia. Por su puesto, inolvidable, el afaire del Felcho con Marisa. Te acordas? La del kioskito donde íbamos a tomar una coca después del futbol de los martes y después nos explicamos porque nos hacía precio. Claro la oferta se terminó cuando Felcho la mando a la mierda a la minita porque no lo dejaba ir a Villa Dora.
Pero llegamos a la parte donde nos preguntamos donde acabó todo. Donde cada uno fue armando rancho aparte y se olvidó de ese recinto donde éramos nosotros.
Y después de tantas historias repetidas de deserciones, empezé a notar un dejo de tristeza superior en el rostro de la Lora. Ya no me miraba a los ojos. Había puteado a todos los secuaces que fueron abandonando el equipo. Claro, ahora nos posicionabamos del lado de los liberados, de los que podemos disfrutar de la jungla que es el bar para la brutalidad de la ciudad. Pero el no me acompañaba en las críticas, esbozaba una defenza tímida de los que se alejaron por siempre, justificaba cada una de las desiciones que hicieron que esa mesa tuviera cada vez menos sillas.
Y ahí lo dijo: “Me vuelvo a ir viejo, solo vine aca a ver si lo encontraba a alguno de ustedes”. Tragué con una mezcla de odio, de dolor, de resignación. Era raro por como lo decía.
“Me voy a la mierda…y no de esta ciudad como tantas otras veces. Me voy, tengo todo listo, mañana me voy. Y no vuelvo Roberto”.
Lora hijo de puta, a que carajo viniste entonces. Me llenaste de ilusión por recuperar un secuaz, un amigote, un consejero, un soporte para mi soledad. Y ahí me quedé, viendo como se iba, me parecía más negro, más gordo todavía y seguía siendo hermoso. Y lloré por el tipo que me dejaba, peor que cuando me separé de Cande después de 8 años. Y seguí llorando, jugando con los ingredientes, aplastando los lupines como si fueran la cabeza de la Lora.
Y en eso, un purrete de unos veinte años, que me hizo acordar a cuando era pibe, con una camiseta de Platense, se me acerca y me pregunta si se puede sentar conmigo. Y se ubica a mi izquierda, se sirve porrón y me pregunta que pasa. Y le cuento. Y el me cuenta sus desgracias. Y horas pasan ahí ubicados, ipertérritos al paso de las copas, con las moscas como testigos, con las cáscaras de maní haciendo montañas.
Y nos volvimos a encontrar el sábado a la tarde, para ver el partido del Marrón por la B Nacional, y el domingo para ver a Colón en primera. Y así seguir, viendo como algunos secuaces cuelgan los botines, pero siempre aparece otro. Dispuesto a compartir pedazos de vida en los bares de antaño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario