domingo, 4 de abril de 2010

Gol de barrio



Y la pelota se hizo luna en el cielo, después de que el rústico dos de ellos le pegara un tremendo zapatazo poniendo la redonda en órbita. Ese tipo alto, bastante panzón, de jardinero rojo desgastado y con unos borcegos de cuero negro, no podía estar jugando al fútbol y encima, despejando cuanto ataque intentábamos con los muchachos.
Ya no sé cuantas horas llevábamos disputando el clásico del barrio, el que vale la pena, el que reúne a los mejores valores de la cuadra del fondo del campito y a los de la cortada. Es el enfrentamiento que se da muy de vez en cuando, un sábado a la tarde, que empieza ni bien se junta el número mínimo de jugadores y que con el correr de las horas va sumando piernas y disputas.
Habíamos empezado en las primeras horas de la siesta, cuatro o cinco de nosotros copamos el terreno baldío de la Cortada sin número y empezamos con un veinticinco como para ensuciarnos las patas, cuando de golpe, un naranjazo en las chapas que hacían de portón sobre calle Belgrano, nos dio la pauta que la muchachada de la cuadra del fondo, había llegado con ganas de ocupar el campo.
Obviamente, en cuanto pisaron la tierra, ya sabíamos que se venía el desafío por la coca y por el honor. Habían tomado como una ofensa las pintadas con aerosol que el Marce había hecho en los tapiales.
“Cortadita Canpión” había escrito el susodicho haciendo alarde de mucho coraje y de una falta de conocimiento de ortografía notable. Las letras en azul eran una afronta a ellos que se creían los capos de la zona, invictos en los cruces con Loyola o con las infantiles de Independiente.
Enseguida pegamos un par de gritos para que se sumaran algunos pibes que nos estaban faltando, tuvimos que ir hasta lo de Diego y Ramiro para convencer a la madre de que los dejara salir. No nos podía faltar nuestro enganche y el arquero. En cuanto tuvimos el sí, buscamos el buzo con el 1 hecho con cinta aisladora negra y disparámos a lo del Nacho. Ni tiempo le dimos que se calzara los botines. El guacho era el único en el barrio que tenía los Ocelote y no quería dejar de lucirlos en el clásico.
Cuando doblamos la esquina de la cortada, los Porfiri estaban justo saltando el tapial para sumarse al equipo de los otros. Esos gringos no tienen mucha técnica pero corren y le pegan a la pelota como con un caño.
Estaba todo dispuesto, las chicas nuestras, todas trepadas en las paredes, meta gritos a nuestro favor y con la botella de agua lista para cuando alguno sintiera los rigores del calor y la humedad. Después de sacar algunas piedras de la cancha y de apilar algunos ladrillos que harían las veces de arco, salió el primer bochazo de un partido que sería memorable.
Ya no sé cuantas horas llevábamos disputando el clásico del barrio, el trámite era ajustadísimo, los arcos estaban en cero, todos se sacaban la bocha de encima, nadie quería perder. El dos de ellos sacaba todo, con poco brillo, pero con una efectividad envidiable. Y en una de esas, despeja con un terible zapatazo y pega el grito: “Salimos!!”.
Pretendían agarrarnos de contra, más teniendo en cuenta que en estos partidos no hay juez de línea que levante la bandera.
Pero nosotros estábamos firmes en el fondo y sucedió lo inimaginable. Después de estar una eternidad la pelota viajando por el cielo, entró en picada, y el Ale, un tipo que no se caratarizaba por las sutilezas esta ves de vistió de Enzo y bajó la pelota con una calidad que dejó perplejos a todos. Salió jugando como si lo hubiera hecho toda su vida. La abrió a la izquierda, Diego la dominó y de reojo vio como yo empezaba a disparar y me la soltó con un pase un poco fuerte.
Me detuve un poco como para esperarla, empecé avolver porque el loco de jardinero había leído la jugada y la iba a cortar con tremendo zapatazo de nuevo. Y llegó, el muy guacho llegó antes y se preparó para mandarla de nuevo al cielo. Pero como ese día, estaba escrito en algún lado que me iba a disfrazar de héroe, la pelota dio un brinco después de dar con un cascote, y el rústico zaguero pateo el aire torpemente, y ella siguió su camino hacia mi.
Ni intenté pararla, estaba viva la loca, la dejé pasar y empecé seguirla de lejos mientras un terrible silencio se apoderaba del campito. Hasta los perros que estaban dele corretearse dejaron todo y apuntaron sus hocicos para seguir la jugada.
Casi sin ángulo, con la línea del corner que estrangulaba la ilusión, el arquero me abrió una ventana al optar por achicarme desparramándose en la tierra en vez de quedarse paradito, esperándome. Entonces ahí vi la luz, y con un toque suavecito con la zurda, esa que no me sirve ni para apoyar y que ahora luce una horrible cicatriz, se la levanté por encima del cuerpo.
La redonda, la que algunos le dicen la caprichosa, esta vez hizo caso. Y después de saltar al arquerito fue con un efecto extraño, girando, despacito, ante la mirada de todos, en unos segundos que duraron años, a los brincos cortitos. Fue y pegó suave en la pila de ladrillos, y entró.
Yo la vi desde la tierra, porque caí desparramado embestido por el golero de calle Belgrano, pero seguí todo su recorrido atento, sabiendo que entraba, que nada me iba a matar ese momento. Y cuando en el último salto, dio contra las piedras y entró nomás, resbalando me levante del piso, y empecé una carrera loca hasta donde el resto del equipo gritaba el gol con todas las ganas. Y nos abrazamos todos envueltos en tierra, y las chicas del barrio bajaron de los tapiales, y de algún lado aparecieron papelitos cayendo del cielo. O eran las naranjas que nos tiraban los derrotados, mientras huían de la derrota por el portón de chapas? Y el dale campeón se hizo escuchar hasta en la plaza, retumbó en la parroquia, desde la avenida algunos se dieron cuenta quien había ganado el clásico del barrio y las viejas de la calle, hasta la que alguna vez se quedó con mi pelota, salieron a aplaudir la victoria. Esa noche la coca cola tuvo otro gusto.
Pasaron como veinte años de ese gol increíble. Hice dos mil millones, iguales, mejores, definiendo de la misma manera, con camisetas de todos los colores y en todas las superficies imaginables.
Pero ninguno se va a comparar con ese, porque definió el clásico del barrio, porque fue en ese campito de la cortada, porque las chicas del barrio corearon mi nombre y porque esa noche en que la pelota se hizo luna, yo acaricié la gloria más pura y la felicidad más inmensa que un amante del fútbol puede aspirar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Te felicito por tu trabajo. Realmente es muy bueno, si te interesa, mandame un mail con un numero de telefono para contactarte por una propuesta laboral.
martinferratto@hotmail.com

SALUDOS. Martín.-