miércoles, 28 de julio de 2010

Asuntos pendientes


Asiduamente deambulan espectros por mi casa, yo no se si es por la atmósfera lúgubre que ella tiene o por que yo soy lo mas parecido a un ánima herida, pero desde hace tiempo, miles de almas golpean mi puerta para dialogar de penas y de desencuentros.
Debo reconocer que las primeras veces me asustaba al sentir como alguna mano tenebrosa posaba sus huesos en la chapa amarilla de la entrada de casa, que retumbaba sepulcral en mis oídos y me sacaba de cualquier cosa que estuviera haciendo. Pero después de un tiempo me acostumbré y llegó un momento en que extrañaba la soledad de los fantasmas, y me disfrazaba con sábanas pálidas para simular ser uno de ellos y me sentía verdaderamente cómodo.
Recuerdo que estaba absorto en mis juegos, aquellos que logran que me traspole a un mundo que no existe, a un imaginario que nunca será, pero que en esa caja negra es más real que la velocidad de mis dedos, cuando una estampida chocó con la puerta de lo que yo llamo “la pocilga”.
Es una casa más que modesta, que conjuga la pequeñez cúbica con una acogedora división de espacios. O sea, es una vivienda de escasas dimensiones, pero para gusto de los que alguna vez la visitaron hace tiempo, como tiene todos los ambientes bien separados y perfectamente distinguibles uno de otro, dan la idea de una grandeza que en realidad ni ella ni su dueño poseen.
Esa puerta amarilla debe haber sido el paso a otro mundo, pensé al escuchar el retumbar de su contextura. Qué hace alguien golpeando a las tres y cuarenta y cinco de la mañana? Primero, es una hora descolocada para cualquier persona de bien y segundo, tengo timbre.
Detuve hasta mi respiración y esperé que solo haya sido el ruido en mi cabeza, pero al pasar unos segundos los golpes volvieron, cada vez más seguidos, se hicieron continuos, permanentes y no me quedó otra que levantarme.
Quién es?-dije, escondiéndome de la ventanita de vidrio para no dar muestras de mi posición.
Quién es?-repetí, con ganas de que nadie conteste y así poder volver a lo mío.
Puedo? Se vino el invierno y la verdad me cansé un poco de deambular-alguien o algo contestó.
Dudé un poco y largué un -Pasá nomás- pero no abrí la puerta, como sabiendo que no importaba, que la sola invitación le iba a dar paso a mi visitante. Algo frío caminó a mi lado y se posó en el sillón, junto a la guitarra.
No sabía que los fantasmas tenían frío-dije sin mirar.
No sé loco, yo pensé lo mismo…pero….deben ser reacciones que nos quedan de cuando anduvimos en tierra-explicó y yo no quise saber más. Me volví a la pieza.

Por la mañana ni recordaba el acontecimiento, seguí con eso que denominan vida como todos los días, sin gusto a nada. Por la noche, desesperaba de soledad y en el peor momento, cuando no tenía nada más que hacer, nada más que soñar con la mujer amada con la que nunca pude estar, volvió a tronar la puerta.
Recordé los acontecimientos de la noche anterior como en un flash y grité-Adelante!!! Me pongo algo y voy.
Sentado en mi sillón, o eso parecía porque los almohadones estaban hundidos, estaba el Gaviota. Así dijo que lo apodaban. Me contó que era uruguayo, jugador de fútbol, no de los mejores pero tenía dos virtudes: le pegaba con un fierro y cabeceaba como ninguno.
-No sabés, cuando la pelota viajaba por el aire, yo ya sabía donde iba a empezar a bajar, anticipaba a los defensores, saltaba y me mantenía en el aire más que ninguno. Por eso me empezaron a decir Gaviota- y pegó un saltito apuntándole al foco del living, le dio un frentazo, pero obvio, es un fantasma, ni lo tocó.
Me reí como hacía rato no hacía, le dije: Podrían haberte puesto un apodo mejor che!! Águila, Buitre o algo así. Que descanses, Gaviota!!!- y me volví a la pieza.
A la otra noche, cuando reapareció con algunos espectros más de compañía, supuse que, como en los filmes, las ánimas deambulan por cuestiones pendientes, asuntos no resueltos.
Entonces, les preguntaba quienes habían sido, quienes eran, que habían hecho; en un principio nada más que para prestarles oreja, pero después de un tiempo, yo que nunca me comprometí por nada, me empecé a preocupar por cada uno de ellos. De a poco.
No sé porqué, pero tomé el cuaderno Rivadavia de tapas verdes, donde generalmente escribía mis deseos, mis pesares, mis temores y amores, y empecé a darles ahí mi lugar a esos visitantes de las madrugadas. Y comencé a hacer una especie de documentación de lo que me relataban y a llevar adelante una investigación de los hechos que los habían llevado a mi “pocilga”.
Por supuesto, lo primero era a averiguar que les había pasado. Una noche se me ocurrió preguntarle a Gaviota por su muerte. El botija me dijo que no se acordaba de mucho, que el último recuerdo que tenía era que estaba jugando un partido importante, cuando un compatriota tiró un centro perfecto, el se elevó y anticipó, con tanta mala suerte que recibió un tremendo puñetazo del arquero rival, y cayó, según él, inconsciente.
-No me acuerdo nada más, capaz morí ahí. Aunque eso no me jode, tuve de todo, coche cero ka eme, minas, un departamentito- quedó pensativo-pero sabés que me mata?
Prendí un pucho.
-No se si fue gol!!-gritó como solo un fantasma puede gritar, azuzado, no por el tridente de Satán, sino por una incertidumbre espantosa.
Este espectro en lo único que piensa es en eso? Yo que creí que eran atormentados por grandes pesares, angustias que perseguían más allá de la muerte.
-No se si fue gol!!-y salió el sol. Y me di cuenta que me había quedado dormido en el sillón.

En cuanto anocheció (Hago aquí una intervención para mencionar que si no hay nada de relato de mi rutina diurna es porque la misma no vale ni un pasaje de bondi, por lo que lo más interesante acontece de noche. Igual siempre me consideré un animal noctámbulo, amigos y ex parejas pueden dar fe de ello) y volví a la vida, repasé en el cuaderno los datos, equipo en el que jugaba, algunas fechas, entré a revolver las crónicas deportivas de la época, planteles. Y di con un equipo con dos uruguayos, uno de ellos apodado “Gaviota”. “Suspendido a los 76 minutos del segundo tiempo”. El equipo del ave, uno, los otros, cero.
-Ja fue gol!!! El loco la peinó antes y lo durmieron de un piña!!! Pero fue gol!!!
Escribí todo puntilloso en el cuaderno. Me quedé esperando emocionado y como no pasaba nada fui hasta la habitación, pero antes dejé algunas impresiones en el living donde siempre nos reuníamos. Esa noche no sonó la puerta y yo ya sabía que Gaviota había entrado, vio los resultados de mi investigación y había partido para siempre.
-Fue gol!!!-se sacudió el árbol de la vereda. Nunca más apareció.

A medida que se iban llenado las páginas y me comprometía una a una en cada historia, los fantasmas, mis amigos de la noche, dejaban de venir. Llegué a tener más de veinte metidos en casa. Sólo porque eran espectros se explica que hayan podido estar todos juntos en un espacio tan reducido.
Jugaban con mis cosas que no se movían, me tiraban las copas sucias, aunque ellas seguían en la mesada, prendían y apagaban las luces, me robaban los cigarrillos pero los atados quedaban impecables y los ceniceros limpios, escuchaba el ruido de las tapas de cerveza pero las botellas permanecían llenas y frías.
Todas las noches estuve despierto esperando a que golpearan mi puerta, aparecían en vendaval, peleaba con ellos para que dejaran las cosas en su lugar, los escuchaba, les cumplía algunos pedidos y de a poco se iban retirando. Pasaba desvelado, dormía de día. No salía a la calle ni para comprar puchos. Dejé de comer, de tomar, de ir a los pocos lugares que frecuentaba. Mi vida social se redujo hasta desaparecer. Y así estuve.
En una de esas noches, pensando en la mujer amada que con la que nunca pude estar, golpeó la puerta sólo una vez, no muy tímidamente, una señorita flaca, con una onda “hippie” muy pero muy hermosa.
Como esas cosas del destino ni siquiera contesté, me acomodé y ella pasó.
La miré a los ojos negros, grandes y tenía la leve sensación que de algún lado la conocía. Observé sus dedos delgados y largos, repletos de anillos y esas manos me hicieron sentir escalofríos tiernos en la espalda. Esa boca perfectamente dibujada, como salida de un cuadro. Pelo oscuro y brilloso. De donde te conozco?
-No creo que sepas quien soy, pero creo que hasta de otras vidas te vengo buscando.
Mi silencio ante ese rostro que en otras noches he percibido en blanco y negro en el mundo de lo onírico, fue tan profundo que ella sin hablar me dijo que yo era una presencia que la llamaba todos los días, que bailaba en su cabeza todo el tiempo.
-Yo te soñé más de treinta años, desde que me quedé dormida en esa celda. Tu cara la veía en todos lados, en las paredes sucias, en la puerta oscura, y te salí a buscar. Porqué?
Estaba aturdido. Esa mirada me recordaba a alguien, pero quién? Empezó a contarme todo lo que recordaba, buscando respuestas, cada tanto me nombraba a un chico de la Universidad, otras veces saltaba al relato de la que creía era su casa, y me la describía toda revuelta y tomada. Y volvía a épocas difíciles, de un romance furioso y fugaz, de persecuciones, de miedo, de coraje, de silencios, de resistencia.
-Porqué estoy acá? Porque esta obsesión con vos?- me volvió a preguntar.
Y repetía que soñaba conmigo. Y que el frío no le molestaba como a los otros, le gustaba sentirse libre, después de quedarse dormida, encerrada en esa oscura y pequeña habitación, cualquier cosa era mejor.
Mi cabeza iba a mil, dejando fluir los pensamientos, lanzando líneas cronológicas imaginarias al techo húmedo. Y no hizo falta más. No fue necesario que yo anotara nada, porque en el preciso instante en que la posible respuesta a todos los interrogantes pasó delante de mí como un fogonazo, ella dejó de hablar.
Nos reconocimos como quien se mira al espejo y ninguno de los dos quiso decir más nada.
Y lloró de dolor y de alegría. Sus lágrimas como pequeños soplos me acariciaron la frente y me dieron “piquitos” amargos en las mejillas a los cuales no me negué.
Mientras eso sucedía se fue desvaneciendo, desapareció con una fría brisa que me envolvió y me arropó unos segundos que valieron más de treinta años sin sus caricias. Todo va a pasar escuché, me consoló y fui un mar.
Gordas gotas golpean las hojas, las estruja de mi alma la revelación que siempre esperé, y mientras pienso en la mujer amada con la que nunca pude estar.
-No puedo dejar nuestra historia así!!- y concluyo estas líneas, observo mi mano temblorosa, que va desapareciendo y en fluído salado me esfumo. Toc! Golpea la lapicera en el cuaderno Rivadavia verde, que se cierra de golpe guardando todo ahí. Dejando mis últimas palabras azules.
Y como un rayo, salgo de mi casa, deambulo por las calles empinadas. Si sé hacia donde voy. Golpeo esa puerta de madera blanca con mis manos en nubes.
Escuchaste? No estás soñando. Ssshh! Dejáme pasar, no te asustes, abríme, soy yo, vengo para estar con vos. Para siempre.