jueves, 25 de noviembre de 2010

Gol de fundición


El cortito hizo un esfuerzo enorme y la pisó, después de parar un tiro furioso, con el pecho, con la panza, vaya uno a saber con qué parte de ese pequeño cuerpo.
Le temblaban los pies, sus botines desgastados aprisionaban la pelota con temor. Sudaban las manos, se sacudían los brazos. La cancha se le hacía enorme, el arco rival lejísimos y con un sin fin de pies que se le atravezaban en el camino.
Que partido bravo, cuatro a dos abajo, imposible de remontar, cualquiera lo da por perdido. Perdido?
El cortito pisó un poco más fuerte la bocha, seguía temblando. Las miradas de los rivales se entrecruzaban, ansiosos, a la espectativa.
La tuvo bajo la gris suela unos segundos, pero como en toda historia de suspenso, fueron horas, días, décadas. La atmósfera estaba tan pesada, que bajo esas sombras parecía que estaban transurriendo milenios mientras el gordito la apretaba contra la verde y lisa superficie.
El día estába húmedo, espeso, la cancha estaba lo suficientemente mojada como para que el desarrollo del juego no haya sido normal. La pelota no rodaba, volaba. Cada tiro, la redonda decidía despegarse, tomando una velocidad inusitada, recorriendo las distancias como un cometa, a centímetros del suelo, dejando estela de gotas y miradas perdidas y desorientadas.
El cortito seguía con la bocha en su poder, la movía de un lado al otro, haciendo equilibrio con la redonda, en el límite del inevitable infierno, casi al borde del infarto, con la deseperación bajando por los escasos escalones del estadio.
Poco público, apenas algunos borrachines no mu entusiasmados por el juego, lo que generaba silencios aplastantes. Ni un grito. Ni una arenga. Sólo la respiración de los contendientes. Algún golpe seco, alguna exhalación después de un despeje, de un tiro furibundo.
Y él sigue ahí, perdiendo tiempo. Para que? El partido es imposible de remontar. Por más que se juegue para siempre el 4 a 2 no se levanta más. Tiene la mirada fija en el arco rival, distante, pequeño, cuidado por otro igual que él. Y los otros le clavan sus ojos vacíos, y los suyos le dan la espalda. Está solo, solo con la redonda castigada, mellada. Esta solo, tratando de forjar un destino inalcansable.
Respiración profunda, un torbellino se apodera de su cuerpo, entero, de la cabeza hasta los pies. La decisión está tomada, pero es más una reacción en cadena, mente, músculos.
Y la bola sale furiosa, imperfecta, no va en la dirección pretendida. Esto pone nerviosos a propios y extraños, que se mueven enloquecidos tratando de darle caza a ese objeto precioso y redondo. Nadie la toca, nadie la roza. Algo la hace cambiar de trayectoria y ante la mirada atónita de dos personas, ante los esfurzos inútiles del arquero rival, traspasa la meta.
Estruendo de victoria, frenesí de hierro en gol, ruidos a chapas y canaletas en tirabuzón. El cortito sigue dando vueltas, festejando este gol de fundición, suelto, como loco. Gira sobre su eje de caño, mientras su titiritero grita: ¡De chancho vale dosssss! (*)