martes, 31 de julio de 2012

Temblor (Por DjRabioso)

Dicen que tembló hasta entrada la noche. Dicen también que Santa Fe tembló y el mundo entero sintió el cimbronazo. Algunos dicen que fue el golpe lo que lo hizo temblar, otros que fue la caída. Pero todos aseguran que tembló todo. Así son las leyendas, esos relatos que nacen de un pequeño momento de la historia y que con el correr del tiempo toman una relevancia inesperada, sobrenatural. Dicen…y lo dicen las miles de voces que a lo largo de los calendarios van hilando una trama que llegará a momentos increíbles, con héroes, villanos, situaciones dramáticas, multitudes, detenciones de rotativas. Dicen, los viejitos del bar, que en realidad temblaba desde tiempos más lejanos y que ese día, un Rey de otras tierras había venido a poner orden en estos anegadizos sin ley. Y ahí está la cuestión, no se sabe si fue su caída o si venía de antes lo que produjo el fenómeno, pero de ahí fue conocido en todo el mundo. Tal fue el impacto, el tiritar en las piernas, el julepe que se pegó, que a ese rey no se lo vio más por acá, incluso dicen que entre lágrimas clamaba venganza. Quedó inmortalizado el sismo en los teletipos, en las tapas de los diarios, en las retinas de los viejitos del bar. Dicen que bastante seguido siguió ocurriendo. Durante años, contingentes de diferentes lados, de la Boca, de Mataderos, de los barrios acomodados, de Nuñez; todos vinieron a tratar de echar por tierra este mito. Pero los que se iban con tierra en las rodillas eran ellos. Temblaba, temblaban, caían postrados. Cuentan, los viejitos del bar mientras se toman otra ronda, que una Selección de los mejores, vino también. Y otra mentada delegación de tierras orientales, visitó esta tierra ya mitológica, con iguales resultados. Sin explicación alguna, a los tipos los invadía una fuerza sobrenatural o no (eso está en discusión), los sacudía, les adormecía las piernas y los dejaba tendidos en el Campito. Cuentan, no voy a decir que yo fui testigo, que una vez vino un Príncipe con su mejor ejército; rodeado de todo su séquito quiso imponer su voluntad y terminar de una vez por todas con la leyenda. Fue tan estrepitosa su caída que en menos de un año este noble oriental abdicó. Debe ser que no quiso saber más nada con volver. Dios mismo, una noche vino a comprobar lo que ocurría en estos terrenos del sur. Él que tanto gusta de vivir al límite, quiso sentir en carne propia ese temblor del que habla el mundo y del que estos negros tan castigados por las tempestades, sienten tanto orgullo. Y le gustó, lo bailó, y no pudo con su genio cósmico, lo hizo propio, inclusive envió a su Messías a que lo sienta también. Dicen que ese travesaño tembló hasta entrada la noche por el pelotazo de Pelé, que fue devuelto, dicen, hasta la mitad de la cancha. Dicen que la ciudad y el mundo temblaron por la caída del Santos, aunque creo que lo que tembló fue la historia con el nacimiento de la Leyenda. La realidad, eso lo saben los viejitos del bar y lo esconden tras sus sonrisas centenarias, es que no fue el pelotazo en mayo del 64, ni la caída de los elefantes lo que hace temblar el planeta. Somos nosotros desde acá. Saltando todos juntos desde la tribuna, los hacemos caer.

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